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Un dicho muy popular nos recuerda que “no llegamos a valorar realmente las cosas hasta que las perdemos”. En cuanto a nuestra vida se refiere, nos pasamos los días cumpliendo con nuestro deber, siguiendo una rutina que nos limita y ahoga nuestros sueños más profundos pero que, al mismo tiempo necesitamos para pagar nuestras deudas y conseguir los caprichos materiales que tanto creemos necesitar.

El mundo se mueve por dinero aunque nuestras almas se mueven por nuestros sueños y por los pequeños momentos de felicidad que tenemos a lo largo del día. En resumen, la vida es aquello que pasa mientras esperamos a que algo nos pase.

La vida es una serie de tirones hacia atrás y hacia delante. Quieres hacer una cosa pero estás obligado a hacer otra diferente. Algo te hace daño, pero tú sabes que no debería hacertelo. Das por supuestas ciertas cosas, aunque sabes que no deberías dar nada por supuesto.

Es una tensión de opuestos, y la mayoría de nosotros vive en un punto intermedio.

El profesor Morrie Schwartz siempre se había preocupado por enseñar a sus alumnos de sociología en dejar de lado los convencionalismos de nuestra sociedad y perseguir sus verdaderos sueños, aunque no fue hasta que le diagnosticaron ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), una enfermedad degenerativa y letal, que no aprendió a valorar de verdad los pequeños placeres de la vida: pasear por el parque en un día soleado, bailar al son de la música o pararse en la calle mientras cae la lluvia.

Por esta razón, Morrie decide no lamentarse por su enfermedad más de lo necesario y dar la última asignatura de su vida, comunicar a todo aquel que quiera escuchar los valores esenciales para ser feliz y sentirse a gusto, y todos ellos distan mucho de la popularidad, la política o el beneficio económico.

Me permito un buen llanto si lo necesito. Pero después me concentro en todas las cosas buenas que me quedan en la vida. En las personas que vienen a verme. En las anécdotas que voy a oír. En ti, si es martes. Porque somos personas de los martes.

Mientras la enfermedad de este viejo profesor avanza progresivamente, su viejo alumno Mitch Albom, al que llegó a considerar como uno más de su família, se ha convertido en un hombre relativamente reconocido pero obsesionado con su trabajo hasta un punto que la idea de sentirse importante e imprescindible en su entorno laboral no le deja disfrutar de la relación con su mujer, su familia y sus sueños, ahora relegados en el baúl de unos recuerdos que él cree muy lejanos.

Pero estos sueños vuelven a aflorar cuando, por casualidad, ve en la televisión una entrevista en la que su antiguo profesor de Universidad, al que prometió seguir en contacto una vez graduarse, habla de una enfermedad degenerativa que poco a poco se va adueñando de él. Es ahí cuando decide ir a hacerle una última visita, para rememorar todos los buenos momentos vividos juntos y darle las gracias por sus enseñanzas, aunque no sospecha que esa visita propiciará el inicio de la última asignatura de la vida de su profesor, una asignatura sin examen final, con un único alumno y una clase semanal, una lección de vida cada martes, porque ellos siempre han sido personas de los martes.

Durante estas lecciones en las que hablan de la familia, las emociones, el amor y la pérdida, Mitch aprende a reencontrarse con el joven soñador que, a punto de salir de la Universidad y enfrentarse al mundo laboral por primera vez, pretendía comerse el mundo y ofrecer su talento para realizar proyectos que llenaran su espíritu y no su bolsillo. Durante los meses en los que visita a su viejo profesor, también aprende a valorar de una forma diferente a su familia y amigos, como si volviera a verlos por primera vez después de mucho tiempo.

Haz las cosas que te salen del corazón. Cuando las hagas, no estarás insatisfecho, no tendrás envidia, no desearás las cosas de otra persona. Por el contrario, lo que recibirás a cambio te abrumará.

Cuando doy mi tiempo, cuando puedo hacer sonreír a alguien que se sentía triste, me siento todo lo sano que puedo sentirme

 

Perdónate a ti mismo. Perdona a los demás. No esperes, Mitch. No todos pueden contar con tanto tiempo como yo. No todos tienen tanta suerte.

Pero durante esas visitas semanales también va viendo como la enfermedad se va apoderando del cuerpo de su amigo de una forma lenta pero sin pausa, hasta que Morrie pase a ser una persona totalmente dependiente. Aun así, la enfermedad no puede apoderase de su alma, sus pensamientos y sus ideas, en ese aspecto el profesor Morrie está más vivo que nunca y ve la vida con una claridad asombrosa, pese a la niebla que rodea su cuerpo, como un faro en medio de la oscuridad y la tristeza, un faro que consigue alumbrar a mucha gente con su sabiduría antes de apagarse para siempre.

“Martes con mi viejo profesor” es un libro breve pero intenso, repleto de reflexiones que deberíamos tener en cuenta a la largo de nuestra vida, con capítulos cortos y en lenguaje sencillo y profundo. Este no es un libro sobre la enfermedad, la muerte y la tristeza de la pérdida, es un relato sobre la vida y la importancia del amor. Una muestra de cómo alguien que no puede levantarse de su silla de ruedas y sólo puede contemplar el mundo exterior des de una ventana, puede llegar a sentirse afortunado por tener el tiempo suficiente para despedirse de las personas que le importan, aquellas en cuyo recuerdo seguirá vivo mucho tiempo después de morir.

Mi padre estaba presente a través de nosotros,               cantando cada nueva hoja de cada árbol

(y todos los niños estaban seguros de que la primavera         bailaba al oír a mi padre cantar).

E.E. Cummings

 

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